A esos pies que lo llevaron
A dar salud y a bendecir,
Horribles clavos traspasaron,
La suerte humana al compartir. Jamás podrá alguien separarnos
De Cristo nuestro Redentor
Ni cosa alguna arrebatarnos
El gozo de su tierno amor:
Ni luchas, pruebas o dolores,
Ni amenazas o aflicción;
Ni aun este mundo y sus honores,
Su pompa, gloria y tentación. Qué horror que por mi vil pecado
El Salvador así sufrió,
Que por mis culpas fue azotado
Y burlas crueles recibió. Con furia loca lo azotaron,
Y así humillaron al Señor,
Y sin piedad atravesaron
Las manos de mi Salvador. ¿Ingratos hemos de alejarnos
De Aquel que tanto nos amó,
Y con anhelo de salvarnos
Su propia vida entregó?